CEMLA

"El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra;"
Lc 1,35a.


+Gabriel Orellana, Obispo
Tels. (503) 70467927 (503) 21013411
E-mail:
obispo.gabriel@yahoo.com
EL SALVADOR, C.A.

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jueves, 8 de noviembre de 2012

TÚ PUEDES SER MINISTRO DE JESUCRISTO, SOLTERO O CASADO SEGÚN TU DON Y VOCACIÓN

Y
SERVIR AL PUEBLO DE DIOS EN EL DIÁCONADO PERMANENTE O EN EL PRESBÍTERADO
EN TRADICIÓN CATÓLICA ANGLICANA.

Requisitos:
1.       Solicitar tu incorporación a CEMLA como miembro.
2.       Conocer de los fundamentos del cristianismo en tradición anglicana.
3.       Mayor de 18 años.
4.       Buena salud emocional y física.
5.       Capacidad de vida y trabajo en comunidad.
6.       Opción por el MATRIMONIO preferencialmente (o SOLTEROS por vocación).

Documentos a presentar:
1.       Carta de su puño y letra solicitando ser admitido como CANDIDATO al Ministerio Ordenado.
2.       Currículum Vitae, actualizado y con fotografía reciente.
3.       Partida de nacimiento original, reciente a la fecha de su petición.
4.       Antecedentes penales y solvencia de la Policía nacional.
5.       Fotocopias de título de Bachiller (si ya es graduado) y certificados de todo estudio concluido.
6.       Certificado de Bautismo.
7.       Certificado de Confirmación.
8.       Certificado de matrimonio civil (para los casados).
9.       Certificado de matrimonio religioso (para los casados).
10.   Carta de consentimiento de su conyugue (para los casados).

Para el DIÁCONADO:
1.       Todo lo anterior y Carta de solicitud de su puño y letra del ministerio Diaconal.
2.       Certificado de buena salud física (por un médico).
3.       Certificado de buena salud emocional o evaluación sicológica (por un sicólogo o siquiatra).

ETAPAS EN EL CAMINO
1.       Rito de ADMISION o aceptación oficial por el Obispo. Es recibido como una persona que aspira al Ministerio Ordenado y acepta iniciar el proceso de su formación integral en esta comunidad eclesial.
2.       MINISTERIO DE LECTORADO O SERVIDOR(A) DE LA PALABRA.
3.       MINISTERIO DE ACOLITADO O SERVIDOR(A) DEL ALTAR.
4.       DIACONADO (entrando a formar parte del clero, es decir de los servidores) de esta comunidad eclesial.
5.       PRESBITERADO ordenado para servir como pastor de una comunidad concreta.

REQUISITOS ACADEMICOS:
1.       Bachillerato para la ADMISION, LECTORADO  y  ACOLITADO.
2.       Profesorado o similar en Teología y Pastoral por una Universidad para el DIÁCONADO.
3.       Licenciatura en Teología por una Universidad o Seminario eclesiástico para el PRESBÍTERADO.

NOTA:
Para el DIACONADO PERMANENTE FEMENINO O MASCULINO los requisitos académicos pueden variar a consideración del Obispo.

Todos estos requisitos son básicos y sirven para la estabilidad de un ministerio que será reconocido por otras iglesias y comunidades eclesiales hermanas.

Las ordenaciones diaconales y presbiterales serán en la Solemnidad de Pentecostés, así como la recepción de ministerio de lectorado y acolitado. (Con algunas excepciones).

Toda información es de carácter confidencial y debe ser enviada a Obispo Gabriel Orellana por medio del correo ministerial: obispo.gabriel@yahoo.com

+Gabriel Orellana
Obispo
CEMLA
Comunidad Ecuménica Misionera La Anunciación
Cristianos Católicos en tradición Anglicana.

martes, 18 de septiembre de 2012

VIVIR LA VIDA COMO VOCACIÓN

Por: Tomás Ventura Tejedo
Qué es la vocación, Ed. Paulinas

Vivir la vida como vocación es entrar en el juego de la llamada, respuesta y encuentro de Dios con los hombres. Es la relación profunda que Dios ha realizado con la humanidad desde el comienzo de la Historia de la Salvación. No sólo una relación individual, sino también con todos, como miembros de la comunidad humana.

Vivir la vida como vocación es dejar actuar a Dios. Dios toma la iniciativa de llamar a todos los hombres y en todas las épocas. Los hombres, atentos al plan de Dios, que contempla a toda la humanidad, responden desde su libertad. Decir SÍ a la propuesta divina es dar una respuesta salvadora a las necesidades de los hombres, a las necesidades del mundo.

Vivir la vida como vocación es seguir un itinerario, seguir “el camino”: la identificación con Cristo Jesús. Jesús de Nazaret vivió en un permanente SI al Padre. Toda su vida transparenta la misión a la que es enviado. Su fidelidad al plan salvador de Dios le lleva hasta la muerte, pero no le deja en la muerte. Dios le resucita para una vida nueva y definitiva.

Vivir la vida como vocación es vivir la fe cristiana. La fe como llamada de Dios, llamada nominal (por mi nombre); la fe como respuesta personal. La fe que requiere encuentro. La fe en el Reino; creo, me apasiono y trabajo por el Reino. La fe que es adhesión personal a Jesús y a su Mensaje, confianza total en El. Es vivir fiándose de El.

Vivir la vida como vocación es mantenerse en un camino de conversión como dinamismo de renuncia a valores que están en alza en el mundo, para adherirme a los valores del Reino. En constante discernimiento para identificarme con el proyecto de Jesús, con disponibilidad para participar en el plan de Dios, con libertad para acoger el puesto concreto que Dios me tiene reservado, como regalo y compromiso al mismo tiempo.

Vivir la vida como vocación es dejarse interpelar por los problemas humanos, por las situaciones de marginación, por la falta de valores, por el hambre de Dios, por la pobreza, por la injusticia y, ¡cómo no!, por los acontecimientos de mi propia vida como signos de la acción de Dios. Requiere analizar los impulsos que percibo en el interior del corazón, cuando conecto con Dios y, en traducción simultánea, con los gritos de los hombres.

Vivir la vida como vocación es optar por la felicidad, mía y de todos. Por la felicidad que se conquista al contagiarse de los mismos sentimientos de Cristo Jesús, al entrar en el juego divino del “gana-pierde” (quien pierde la vida la gana) o del trueque (si eliges el último, serás el primero). Es saber que la felicidad juega al escondite (como sombra que te sigue) y para alcanzarla no es aconsejable buscar la propia, sino que es mejor vivir empeñados en que muchos encuentren la suya.

Para vivir la vida como vocación ES IMPRESCINDIBLE acoger y desarrollar un proceso de maduración en la fe que requiere contemplar la actitud de total disponibilidad de Jesús al Padre, imitar la incondicionalidad y humilde respuesta de María y, hacer de la vida un servicio de amor a los hermanos.

Para vivir la vida como vocación ES NECESARIO vivir la experiencia de oración, unificando oración y compromiso cristiano; lo que supone la fidelidad al deber de cada día, la constancia en las propias obligaciones, la dedicación desinteresada en favor de los otros, vivir el gozo que origina estar en actitud de echar una mano siempre, en todo y a todos.

Para vivir la vida como vocación ES BUENO contemplar modelos de referencia, hombres y mujeres identificados con su vocación ministerial, laical o consagrada.

Para vivir la vida como vocación ES INDISPENSABLE desarrollar con responsabilidad un proceso de personalización, dejándose acompañar por guías espirituales, para descubrir que la fe en Jesús abarca toda la persona, nos integra en la Iglesia y nos llama a realizar la única vocación de la Iglesia, ser sacramento de Dios, de Jesucristo. Desde el compromiso a realizar una misión de servicio a los hombres y al mundo, optando por el matrimonio, la vida religiosa, el ministerio ordenado o el ministerio laical. Consciente de que nadie opta por mi y de que es difícil vivir la vida como vocación, si en un momento de mi existencia no he realizado mi opción vocacional.

Para vivir la vida como vocación ES IMPORTANTE descubrir que en la Iglesia todos los miembros participan de una dignidad común, todos son llamados a la santidad, todos cooperan a la edificación del único Cuerpo de Cristo, cada uno según su propia vocación y los dones recibidos: los laicos que en su dimensión secular reflejan el misterio de Cristo, en cuanto alfa y omega del mundo, fundamento y medida del valor de las cosas creadas; los ministros sagrados, como imagen viva de Cristo Cabeza y Pastor, con sus distintos ministerios, al servicio de la Comunidad; los consagrados que señalan al Hijo de Dios hecho hombre como meta escatológica a la que todo tiende, belleza infinita trascendiendo lo terreno, reproducción en el hoy histórico de Cristo virgen, pobre y obediente.

Vivir la vida como vocación es decir SÍ al Dios que llama a la VIDA, a la FE, y a LA MISIÓN.

SIETE PASOS PARA EL DISCERNIMIENTO VOCACIONAL


¿TENGO VOCACIÓN?

Fernando Torre
Misionero del Espíritu Santo

Uno de los grandes retos que debes enfrentar en tu vida es el de encontrar tu lugar en la sociedad y en la Iglesia.

A ti, que buscas tu vocación, estos siete pasos te pueden ayudar a discernir el proyecto que Dios Padre tiene para ti.

Aunque aquí se habla de las vocaciones consagradas (en la vida religiosa, en el diaconado, el presbiterado…), el proceso descrito puede aplicarse en la elección de cualquier estado de vida o profesión.

1. Oración

Señor, ¿qué quieres que haga? (Hch 22,10).

La vocación no es algo que tú inventas, es un tesoro que encuentras. No es el plan que tú elaboras para tu vida, sino el proyecto que Dios-Trinidad te propone y te invita a realizar. No es principalmente una decisión que tú tomas, sino un regalo que recibes, una llamada a la que respondes.

Para descubrir lo que Dios quiere de ti, haz oración. Eso hicieron Samuel (1S 3,10), Ezequiel (Ez 2,1–3,11), Jesús de Nazaret (Lc 3,21), María Magdalena (Jn 20,17), Pablo de Tarso (Hch 9,11)…

En la oración podrás encontrar a Jesucristo y experimentar su amor; el Espíritu Santo afinará tu oído para que puedas escuchar, y te dará fortaleza y audacia para responder.

En el diálogo con Jesús podrás oír su voz que te llama: «ven y sígueme» (Mc 10,21); o bien, escucharás que te dice: «vuelve a tu casa y cuenta todo lo que Dios ha hecho por ti» (Lc 8,39).

No basta con que ocasionalmente te acuerdes de Dios y le pidas que te ilumine, es necesario que dediques momentos formales a la oración. Puedes orar diariamente (al menos unos quince  minutos), tomar un día de retiro o hacer unos ejercicios espirituales.

La oración, además de ser el primer paso del proceso de búsqueda, es un ejercicio que deberá estar presente a lo largo de todo tu discernimiento vocacional.

Al dar este paso podrás decir: «Me fascina Jesucristo». «Quiero encontrar la voluntad de Dios para mí». «Quiero realizar su proyecto».


2. Percepción

Había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo hacía esfuerzos por ahogarlo, no podía (Jr 20,9).

Para descubrir lo que Dios quiere de ti, necesitas hacer silencio exterior e interior, pues el ruido te impide percibir.

Percibe tus sentimientos, pensamientos, preocupaciones, deseos. Escucha tanto a las personas que aprueban tu inquietud como a quienes la critican. Mira a los hombres y mujeres que te rodean: ¿qué te suscitan su tristeza, su dolor, su pobreza, su necesidad de Dios?

Ve tu historia: ¿Por cuál camino te ha llevado el Espíritu Santo? ¿Cuáles han sido los hechos más importantes de tu vida? ¿Qué personas han sido significativas para ti?, ¿por qué? Toma conciencia de tu presente: ¿Con quién te relacionas? ¿En qué inviertes tu tiempo? ¿Qué te hace feliz hoy? ¿Cómo es tu relación con Jesucristo? Contempla el futuro: ¿Cómo te imaginas dentro de diez años? ¿Qué experimentas al pensar en la posibilidad de consagrar tu vida a Dios? Tienes sólo una vida, ¿dónde quieres jugártela?

Con la ayuda de tu director/a espiritual, discierne cuidadosamente si tu inquietud es signo de un auténtico llamado al diaconado, al presbiterado o a la vida consagrada, o más bien es manifestación de que Dios quiere que intensifiques tu vida cristiana como laico/a.

Al dar este paso podrás decir: «Intuyo que el Espíritu Santo quiere algo especial de mí». «Siento la inquietud de consagrar mi vida a Dios y de colaborar con Jesucristo en la salvación del mundo».

3. Información

Observen ustedes cómo es el país y sus habitantes, cómo son las ciudades que habitan, cómo es la tierra (Nm 13,18-20).

Los caminos para realizar la vocación consagrada son múltiples. Querer entregar tu vida a Dios y desear dedicarte a la construcción del Reino es necesario, pero insuficiente; debes, además, saber dónde quiere Dios que tú lo sirvas.

Para descubrir tu lugar en la Iglesia es conveniente que conozcas las diversas vocaciones. Investiga cuál es la espiritualidad que viven las diferentes congregaciones religiosas o los institutos seculares. Visítalos y ve cómo viven: una orden contemplativa es diferente de una sociedad de vida apostólica. Averigua cuál es su misión y por qué medios la realizan: enseñanza, hospitales, oración, dirección espiritual, misiones, promoción vocacional, medios de comunicación, parroquias…

Pregunta quiénes son los principales destinatarios de su apostolado: jóvenes, pobres, presbíteros, enfermos, niños, seminarios, indígenas, ancianos…

Aunque ordinariamente cuando se experimenta la inquietud vocacional se siente también el atractivo por una vocación específica, es conveniente que dediques algunas horas a informarte más a fondo sobre esa vocación y sobre las otras.

Al dar este paso podrás decir: «Me atrae la espiritualidad, el estilo de vida y el apostolado de este instituto». «Posiblemente Dios me está llamando a consagrarle mi vida o a ingresar al seminario».


4. Reflexión

Si uno de ustedes quiere construir una torre ¿acaso no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? (Lc 14,28).

La vocación es una empresa muy grande, y es para toda la vida. Por eso, para lanzarte, debes antes haber reflexionado seriamente sobre ti y sobre el estilo de vida que pretendes abrazar.

Analiza tus capacidades y limitaciones. Piensa si podrás vivir las exigencias que implica la vocación —contando, desde luego, con la gracia del Espíritu Santo—.

¿En qué te basas para pensar que Dios te llama? ¿Qué razones a favor y en contra tienes para emprender ese camino? ¿Qué circunstancias o personas pueden favorecer o dificultar tu respuesta? ¿Qué te atrae de ese estado de vida y qué te disgusta?

Dios te pide que te comprometas responsablemente en el discernimiento de tu vocación. Quiere que utilices tu sensibilidad espiritual y tu inteligencia para buscar su voluntad. Con la luz del Espíritu Santo podrás encontrar lo que Dios Padre quiere de ti.

No creas que llegarás a tener certeza absoluta de lo que Dios quiere de ti, algo así como tener un contrato firmado por él. Lo que encontrarás serán signos, a través de los cuales Dios te revela el proyecto que tiene para ti. Al interpretar esos signos podrás tener seguridad de su llamado.

Al dar este paso podrás decir: «Jesucristo me llama a seguirlo. Con la fuerza del Espíritu Santo, podré responder».

5. Decisión

Te seguiré vayas adonde vayas (Lc 9,57).

Habiendo descubierto lo que Dios quiere de ti, decídete a realizarlo.

Tomar tal decisión es difícil. Sentirás miedo. Tus limitaciones te parecerán montañas: El mismo profeta Jeremías, al conocer lo que Dios quería de él, dijo excusándose: «¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho» (Jr 1,6). Sin embargo, consciente de tus limitaciones y confiando en la gracia de Dios, responde como Isaías: «Aquí estoy, Señor, ¡envíame!» (Is 6,8), o como María: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

Decir el “sí” con el cual comprometes toda tu vida es una gracia. Pídele al Espíritu Santo que te dé esa capacidad de respuesta. Evadir la decisión equivale a desperdiciar tu vida.

Para comenzar el camino vocacional, no te esperes a tener la certeza absoluta del llamado de Dios (“el contrato firmado”). La decisión es un paso en la fe, un acto de confianza en tu amigo Jesús.

Al decidirte a seguir radicalmente a Jesucristo es normal que tengas dudas de si podrás con las exigencias o si llegarás al final; pero no puedes dudar que tú, libremente, tomaste la decisión de seguirlo.

Al dar este paso podrás decir: «Quiero responder a la llamada de Jesucristo». «Quiero consagrar mi vida a Dios en este Ministerio». «Quiero ser diacono o presbítero».

6. Acción

Jesús los llamó. Y ellos inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron (Mt 4,21-22).

Una vez tomada la decisión, ¡lánzate! No te dejes vencer por el miedo, lánzate con todo y miedo. Pon los medios necesarios para realizar lo que has decidido. Resiste a la tentación de posponer tu ingreso en un proceso de formación: «Te seguiré, Señor; pero déjame primero…» (Lc 9,61).

Entrar en un proceso, ser ADMITIDO como candidato a las ORDENES SAGRADAS, entrar al seminario o al postulantado es el principio de un camino, pero aún no es el compromiso definitivo —como la ordenación diaconal, presbiteral. Los años de formación son también tiempo de discernimiento. Si vives con generosidad todo lo que se te proponga, y eres transparente con los/as formadores/as, Dios te irá aclarando si, de veras, esa es tu vocación o no; y te dará
su gracia para asumir el compromiso definitivo o para continuar tu vida cristiana como laico/a.

Jesús te dice: «El que quiera acompañarme, que renuncie a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y me siga» (Lc 9,23). El camino vocacional es difícil, más de lo que crees: prepárate para la lucha. El sendero es espinoso y a veces oscuro. Sé valiente y confía; el Espíritu Santo te fortalece para que puedas recorrerlo.

Por otro lado, consagrar totalmente tu vida a Dios y dedicarte por completo al servicio de los demás es muy bello, más de lo que te imaginas: prepárate para gozar y ser feliz.

Al dar este paso podrás decir, como Pedro: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mc 10,28).


7. Dirección espiritual

Levántate y vete a Damasco, allí se te dirá todo lo que está establecido que hagas (Hch 22,10).

La dirección espiritual no es, en realidad, un paso más en el proceso de discernimiento vocacional; es un recurso que puedes aprovechar en cada uno de los pasos anteriores.

Tu director/a espiritual o promotor/a vocacional te motivará a orar y a percibir los signos de la voluntad del Padre; te indicará dónde obtener información y te ayudará a reflexionar. En el momento de la decisión te dejará solo/a, para que tú, frente a Jesús, libremente respondas a su llamado. Te ayudará a prepararte convenientemente para ingresar en una casa de formación.

Si bien es cierto que la vocación es una llamada de Dios que nadie puede escuchar por ti ni responder a ella en tu lugar, también es verdad que necesitas de alguien que te acompañe en tu discernimiento vocacional.

Es fácil hacerse ilusiones; podrías creer que es un llamado de Dios lo que sólo es un deseo tuyo, o bien podrías pensar que no tienes vocación cuando en realidad Dios te está llamando. En consecuencia, para clarificar la autenticidad de tu vocación, dialoga con tu director/a espiritual. Exponle con claridad y confianza todo lo que te pasa.

Después de cada encuentro con tu director/a espiritual podrás decir: «Tengo más luz sobre mi persona y mi proceso vocacional». «Me siento confirmado/a en mi discernimiento». «La Iglesia me acompaña en la búsqueda de la voluntad de Dios».


Encontrar tu vocación es todo un reto; difícil, sí, pero de ninguna manera imposible.

Si con sinceridad te pones a buscar la voluntad de Dios y sigues estos siete pasos, podrás hallarla.

De muchos modos Dios Padre te está revelando el proyecto que tiene para ti y la manera como quiere que colabores en la construcción de su Reino. Él es quien está más interesado en que tú encuentres tu vocación y seas feliz. Por eso, haz oración, dialoga con tu director/a espiritual, percibe, infórmate, reflexiona, decídete y actúa.