CEMLA

"El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra;"
Lc 1,35a.


+Gabriel Orellana, Obispo
Tels. (503) 70467927 (503) 21013411
E-mail:
obispo.gabriel@yahoo.com
EL SALVADOR, C.A.

jueves, 8 de noviembre de 2012

TÚ PUEDES SER MINISTRO DE JESUCRISTO, SOLTERO O CASADO SEGÚN TU DON Y VOCACIÓN

Y
SERVIR AL PUEBLO DE DIOS EN EL DIÁCONADO PERMANENTE O EN EL PRESBÍTERADO
EN TRADICIÓN CATÓLICA ANGLICANA.

Requisitos:
1.       Solicitar tu incorporación a CEMLA como miembro.
2.       Conocer de los fundamentos del cristianismo en tradición anglicana.
3.       Mayor de 18 años.
4.       Buena salud emocional y física.
5.       Capacidad de vida y trabajo en comunidad.
6.       Opción por el MATRIMONIO preferencialmente (o SOLTEROS por vocación).

Documentos a presentar:
1.       Carta de su puño y letra solicitando ser admitido como CANDIDATO al Ministerio Ordenado.
2.       Currículum Vitae, actualizado y con fotografía reciente.
3.       Partida de nacimiento original, reciente a la fecha de su petición.
4.       Antecedentes penales y solvencia de la Policía nacional.
5.       Fotocopias de título de Bachiller (si ya es graduado) y certificados de todo estudio concluido.
6.       Certificado de Bautismo.
7.       Certificado de Confirmación.
8.       Certificado de matrimonio civil (para los casados).
9.       Certificado de matrimonio religioso (para los casados).
10.   Carta de consentimiento de su conyugue (para los casados).

Para el DIÁCONADO:
1.       Todo lo anterior y Carta de solicitud de su puño y letra del ministerio Diaconal.
2.       Certificado de buena salud física (por un médico).
3.       Certificado de buena salud emocional o evaluación sicológica (por un sicólogo o siquiatra).

ETAPAS EN EL CAMINO
1.       Rito de ADMISION o aceptación oficial por el Obispo. Es recibido como una persona que aspira al Ministerio Ordenado y acepta iniciar el proceso de su formación integral en esta comunidad eclesial.
2.       MINISTERIO DE LECTORADO O SERVIDOR(A) DE LA PALABRA.
3.       MINISTERIO DE ACOLITADO O SERVIDOR(A) DEL ALTAR.
4.       DIACONADO (entrando a formar parte del clero, es decir de los servidores) de esta comunidad eclesial.
5.       PRESBITERADO ordenado para servir como pastor de una comunidad concreta.

REQUISITOS ACADEMICOS:
1.       Bachillerato para la ADMISION, LECTORADO  y  ACOLITADO.
2.       Profesorado o similar en Teología y Pastoral por una Universidad para el DIÁCONADO.
3.       Licenciatura en Teología por una Universidad o Seminario eclesiástico para el PRESBÍTERADO.

NOTA:
Para el DIACONADO PERMANENTE FEMENINO O MASCULINO los requisitos académicos pueden variar a consideración del Obispo.

Todos estos requisitos son básicos y sirven para la estabilidad de un ministerio que será reconocido por otras iglesias y comunidades eclesiales hermanas.

Las ordenaciones diaconales y presbiterales serán en la Solemnidad de Pentecostés, así como la recepción de ministerio de lectorado y acolitado. (Con algunas excepciones).

Toda información es de carácter confidencial y debe ser enviada a Obispo Gabriel Orellana por medio del correo ministerial: obispo.gabriel@yahoo.com

+Gabriel Orellana
Obispo
CEMLA
Comunidad Ecuménica Misionera La Anunciación
Cristianos Católicos en tradición Anglicana.

domingo, 30 de septiembre de 2012

COMUNIÓN Y TESTIMONIO: EL DIÁLOGO NO TIENE ALTERNATIVA

Intervención en el Sínodo de los Obispos para Oriente Medio

Fr. José Rodríguez Carballo, Min. Gen. OFM

El día 12 de octubre de 2010, presente el Santo Padre, el Ministro general, Fr. José Rodríguez Carballo, OFM, participante en el Sínodo de los Obispos para Oriente Medio, en representación de los Superiores Generales, tuvo la siguiente intervención en el aula sinodal.

Santidad, Eminencias, Beatitudes, Excelencias, Hermanos y Hermanas:

En mi relación me referiré al tema central del Sínodo: Comunión y testimonio y a diversos números del Instrumentum laboris del Sínodo.

«Surge de Occidente y llega hasta Oriente»,[1] así se expresa un antiguo Oficio litúrgico escrito en italiano y griego en honor de san Francisco de Asís. El mundo cristiano y el mundo islámico estaban profundamente enfrentados. En el contexto de la cruzada, san Francisco parte para Oriente, no va contra nadie (expresión que se usaba para captar voluntarios para las cruzadas), sino in mezzo a, inter, "entre", como él mismo dice en su Regla (1 R 16,5). No va con las armas, ni movido por el afán de conquista, sino con la firme voluntad de encontrarse con el otro, el distinto y, en aquel contexto, el enemigo. Antes del encuentro con el Sultán, Malik al Kamil, el Poverello había intentado persuadir a los cristianos de que no diesen batalla, prediciendo la derrota. Todo fue en vano. Nadie le escucha. Francisco sale entonces del campamento cruzado y se dirige a Damieta. Era el año 1218. Allí tiene lugar el encuentro. Es el encuentro de dos creyentes. Las barreras caen y con ellas los prejuicios también. En su lugar se levanta el puente del diálogo y del respeto. Lo que no lograron las armas lo logra el testimonio humilde del cristiano Francisco, como él mismo se presenta.

Desde entonces, nosotros, los "frailes de la cuerda", así son conocidos en Oriente Medio los franciscanos, hemos permanecido en aquella tierra, sin interrupción, por designio de la Providencia y por voluntad de la Sede Apostólica, no sin persecuciones, como el mismo Señor lo anunció y como lo demuestran tantos mártires a través de los siglos, construyendo puentes de encuentro, derribando los muros de los prejuicios y de los fundamentalismos. Lo hacemos con los hermanos de las otras confesiones cristianas, compartiendo el mismo techo y los mismos lugares de culto, en el Santo Sepulcro y en Belén. Lo hacemos con los seguidores del Islam, particularmente en nuestras escuelas, en muchas de las cuales la mayoría de los alumnos son musulmanes, y en numerosas obras sociales, donde acogemos a todos, sin distinción de credo. En ambos casos es el "diálogo de la vida", no siempre fácil, pero, a la larga, siempre el más fructífero. Lo hacemos con los Hebreos, especialmente a través del estudio de las Sagradas Escrituras en la Facultad de Ciencias Bíblicas y Arqueología de Jerusalén.[2] Es el diálogo bíblico y teológico, tan importante en aquella región y particularmente en Jerusalén. Al mismo tiempo custodiamos los lugares santos en nombre de la Iglesia Católica y cuidamos las "piedras vivas" de los fieles a nosotros confiados.

Ésta es la vocación de los hijos del Poverello, uno de los carismas de nuestra Orden (Juan Pablo II); ésta es la vocación de la Iglesia, particularmente en la tierra regada con la sangre del Redentor. El diálogo, hecho encuentro, no tiene alternativa, tiene alternativas en las relaciones con otras comunidades cristianas: el diálogo ecuménico,[3] que se basa en la escucha y el respeto recíproco; en las relaciones con el Judaísmo y el Islam: el diálogo interreligioso,[4] que se realiza con reconocimiento de los bienes espirituales y morales que existen en dichas religiones (cf. NA 2), diálogo que, según la metodología propuesta por san Francisco en su Regla, prevé la confesión de la propia fe, sin sincretismos ni relativismos, con mucha humildad y sin promover disputas, confesando con la vida en todo momento la fe cristiana y, cuando agrade al Señor, también con la palabra (cf. 1 R 16,6-7). El diálogo, por último, no tiene alternativas en relación con el todo proceso de paz para la región. En este caso los cristianos, situándose super partes,[5] están llamados a buscar siempre el respeto de la justicia y de los derechos de todos, particularmente de las minorías. No podemos ser ignorados en este proceso, aunque seamos una minoría, ni tampoco podemos callarnos, aun cuando tengamos la impresión de que nadie nos escucha.

Ante el triste espectáculo (cf. Lc 23,48) de los conflictos que se dan en Tierra Santa, a menudo se prefiere una lectura "laica" que habla del derecho de los pueblos de aquella tierra, de autodeterminación, de democracia…, evitando de este modo una lectura más profunda de los conflictos. Si es cierto que no habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones, y que no habrá paz entre las regiones sin diálogo entre las religiones, los cristianos, particularmente en Tierra Santa, están llamados a mostrar al mundo que las religiones vividas desde la autenticidad, están al servicio de la comprensión entre los que son diferentes y al servicio de la paz.

En este sentido, la reconciliación en la región del Oriente Medio pasa necesariamente a través del encuentro entre las religiones, y para nosotros cristianos en primer lugar a través del encuentro/diálogo entre las distintas confesiones cristianas, mientras que entre los católicos se realiza con una verdadera y profunda comunión que vaya más allá de las diferencias culturales y rituales de las distintas Iglesias. Tales diferencias, lejos de ser un atentado contra la unidad, son una manifestación de la belleza de la Iglesia católica que vive la plena comunión de fe respetando la pluralidad de expresiones. Contra la idea ampliamente difundida de que las religiones están en la base de tantos conflictos, particularmente nosotros los cristianos, siguiendo fielmente las orientaciones que nos ha dado el Concilio Vaticano II respecto al diálogo con las otras religiones, estamos llamados a mostrar que la verdadera experiencia religiosa es forja de corazones reconciliados y reconciliadores. Por mi parte estoy convencido que la metodología mostrada por san Francisco es plenamente actual.[6]
Si esto es válido para todo el Oriente Medio, lo es de modo particular para Tierra Santa y para Jerusalén. Ésta, de ser la ciudad conflictiva por excelencia, debe llegar a ser la "ciudad de la alianza" entre los pueblos y las religiones, el corazón del diálogo interreligioso, y no sólo por ser un microcosmos del universo y por su situación geográfica en Asia, cruce del Mediterráneo, de África, y del Occidente, sino también, como ombligo teológico del mundo por su gran significado teológico para el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam. Esto que parece un sueño podrá ser una realidad bella y mesiánica si recordamos que la vocación que la Ciudad Santa tiene en la Biblia es la de ser madre de todos los pueblos, no la amante de un pueblo solo.[7] En cualquier caso, el diálogo, sin renunciar a la propia identidad, ayudará a ensanchar el horizonte propio hasta el punto de comprender el horizonte del otro.

«Paz y justicia se abrazarán», proclama el salmo 85. La reconciliación sólo será posible si cada uno de los pretendientes perdona y abandona la pretensión de ser el pretendiente único. Éste es el precio a pagar por la Paz. «Entre tú y yo no haya disputas», leemos en la Sagrada Escritura. ¿Por qué los hijos de Abrahán olvidan la habilidad de sus padres? La paz y la vida prometidas a Jerusalén llaman a la puerta de los judíos, de los cristianos y de los musulmanes. Es el momento de acoger al Dios de la paz (Adonai Shalom).
«Bienaventurados los constructores de paz» (Mt 5,9). Para los cristianos, particularmente para aquellos que viven en Tierra Santa y, más concretamente en Jerusalén, es el momento de trabajar incansablemente por la paz, de ser puentes entre el mundo hebraico y el mundo musulmán. Pero esta vocación, de por sí muy difícil, sólo será posible si los cristianos sabemos mantener nuestra propia identidad, y en la medida en que trabajemos para reconstruir la unidad perdida de todos los discípulos del Señor Jesús: sin comunión no hay testimonio (Benedicto XVI).

Una última consideración. Por cuanto puedo conocer del Oriente Medio, estoy convencido que es urgente ayudar a los cristianos a reforzar su identidad de discípulos y misioneros, y que, por lo tanto, es necesaria una nueva evangelización para poner el Evangelio en el centro de la vida de cuantos creen en Cristo.

En este contexto hago cuatro propuestas:
• Que se elabore un catecismo único para todos los católicos de Oriente Medio.
• Que se emprendan iniciativas concretas para una formación adecuada a las exigencias de la nueva evangelización y de la situación particular del Oriente Medio, de todos los agentes de pastoral: sacerdotes, religiosos y laicos.
• Que, en continuidad con el año paulino, se celebre un año dedicado a san Juan en todas las Iglesias de Oriente Medio, a ser posible con los hermanos de las Iglesias no católicas.
Que se potencien los estudios bíblicos, especialmente a través de los tres Institutos Bíblicos ya presentes en Jerusalén: La Facultad de Ciencias Bíblicas y Arqueología de los Franciscanos, L'École Biblique de los Dominicos, y el Instituto Bíblico de los Jesuitas.

Deseo, concluyendo, que ante la constante disminución de los cristianos en Tierra Santa, este Sínodo proclame una palabra de aliento a las comunidades cristianas y particularmente católicas de aquellas tierras, de modo que no se sientan solas, gracias a la solidaridad a favor de la Iglesia madre de Jerusalén. Además, que el Sínodo sea una ocasión propicia para potenciar con fuerza el diálogo ecuménico e interreligioso. Por último, que del Sínodo salga una intensa y confiada oración por la paz en Oriente Medio y en Jerusalén, y una llamada apremiante a cuantos tienen en sus manos el destino de los pueblos del Oriente Medio y, particularmente, de Tierra Santa, para que escuchen el grito de tantos hombres y mujeres de buena voluntad que piden paz y respeto de la justicia.

N O T A S:
[1] Ricco Sposo della Povertà. Ufficio liturgico italo greco per Francesco d'Assisi. Edizione critica, traduzione e commento a cura di Anna Gaspari. Edizioni Antonianum, Roma 2010, p. 57.
[2] La Facultad de Ciencias Bíblicas y Arqueología acoge, desde los años 70, a estudiantes de iglesias orientales, no sólo católicas, sino también ortodoxas.
[3] Instrumentum laboris, cf. nn. 76-84.
[4] Instrumentum laboris, cf. nn. 85-99.
[5] Pienso que, en este sentido, la Custodia de Tierra Santa, al ser una entidad internacional desde sus orígenes hasta hoy, puede ofrecer un gran servicio de puente entre el pueblo palestino y el pueblo israelí.
[6] El Santo padre Benedicto XVI, durante su peregrinación a Tierra Santa, el 13 de mayo de 2009, en el campo de refugiados de Aida, en Belén, recordó el camino de la "no violencia" seguido por san Francisco como el camino para superar el terrorismo y el fundamentalismo. El Santo Padre hablaba teniendo a sus espaldas el muro que separa Belén de Jerusalén.
[7] El Santo padre Benedicto XVI, asimismo en la peregrinación a Tierra Santa, dijo que Jerusalén «es llamada la madre de todos los hombres. Una madre puede tener muchos hijos, que ella debe reunir y no dividir

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Alocución final del Capítulo general extraordinario (2006)
Fr. José Rodríguez Carballo, Min. Gen. OFM
Queridos hermanos Ministros y Custodios: El Señor os dé la paz.
Con el favor del Señor hemos llegado al final de este Capítulo general extraordinario convocado para prepararnos a la celebración, en el 2009, del VIII Centenario de la fundación de nuestra Orden. Un Centenario que queremos vivir, como nos invitaba el Instrumento de trabajo de este Capítulo, "en la acción de gracias y en la alegría".
Acción de gracias porque hace ahora 800 años el Altísimo concedió a Francisco la gracia de comenzar a hacer penitencia (cf. Test 1) y de vivir la "vida del Evangelio de Jesucristo" (1 R pról). Acción de gracias porque el Señor nos ha llamado a cada uno de nosotros a compartir la misma vocación y misión del Poverello.
Alegría porque el Señor ha sido grande con nosotros y nos concede la gracia de poder contemplar y poder narrar una grande historia de amor y de gracia, realizada por el Señor a través de los hermanos y hermanas que nos han precedido. Alegría porque a cada uno de nosotros el Señor nos ofrece hoy la oportunidad de continuar escribiendo, en el momento presente, la misma historia de gracia y de amor, cuyo protagonista es él mismo.
GRACIAS
En este momento deseo, ante todo, dar gracias al Señor por habernos regalado esta ocasión de estar juntos, de reflexionar juntos, de orar juntos y, juntos, celebrar el don de nuestra vocación franciscana. ¡Bendito sea el Señor que nos ha llamado! ¡Bendito sea el Señor que, desde los diversos rincones de la tierra nos ha convocado para este acontecimiento de gracia! ¡Bendito sea el Señor. Grande es su bondad y su misericordia con nosotros!
Gracias también, hermanos capitulares, por vuestro trabajo hecho de escucha, de reflexión, de compartir y de oración. Estoy seguro que todos saldremos de este Capítulo más enriquecidos de cuando hemos venido. Cuando cada uno de nosotros se abre al Espíritu del Señor y su santa operación, cuando cada uno de nosotros comparte con los otros, con familiaridad y libertad, sin prejuicios y sin complejos de tener respuestas a todas las preguntas, cuando cada uno de nosotros se abre a la parte de verdad que el Señor depositó en el corazón del hermano, entonces se da el milagro del recíproco enriquecimiento: uno se enriquece dando, y al mismo tiempo enriquece dándose, y todos se vuelven más conscientes de la necesidad que cada uno de nosotros tiene del otro para ser más nosotros mismos, para ser más Hermanos Menores.
Gracias a cuantos han hecho posible que el Capítulo general extraordinario que hoy concluimos se desarrollase en un clima de gran fraternidad y de intenso trabajo. Gracias al Definitorio general por haber acogido con entusiasmo la idea de celebrarlo y por haberlo preparado con esmero, junto con la comisión "Forma vitae". Gracias a los miembros de la comisión preparatoria, al Secretario y a los miembros de la Secretaría del Capítulo, a los actuarios, a los intérpretes y traductores, a los miembros de la comisión litúrgica, a los miembros de la comisión de comunicaciones y al ecónomo del Capítulo. Gracias a la comisión para el documento final por su trabajo y su buen hacer. Gracias a la Provincia de San Francisco Estigmatizado de Toscana, a la Provincia Seráfica de Umbría y a la Provincia de los SS. Pedro y Pablo de Roma, por habernos acogido en los Santuarios del Alverna, de Asís y del Valle Santo de Rieti y por su generosidad. Gracias a la Provincia de San Carlos, en Lombardía, por habernos ofrecido los materiales de oficina. Gracias, también, al personal de la Domus pacis que nos han hecho sentirnos en casa.
HACIENDO CAMINO JUNTOS
Hemos concluido el Capítulo general extraordinario, "verdadero momento de gracia para favorecer la refundación de la Orden, en vistas a nuevos inicios, a una nueva vida" (Instrumentum Laboris 3). Motivados por el icono de los discípulos de Emaús también nosotros hemos hecho camino juntos. Hemos orado juntos, hemos compartido nuestra fe y nuestra historia vocacional, y, sobre todo, hemos escuchado al Señor a través de su Palabra, y a Francisco, que sigue hablándonos en sus escritos, particularmente en el "texto abierto" de la Regla, y a través de los lugares en los que tomó forma concreta de vida lo que hoy reconocemos y celebramos como "la gracia de los orígenes". También estuvieron presentes en nuestro Capítulo los otros miembros de la Familia Franciscana -particularmente las Hermanas Clarisas, con su oración y sacrificio-, y, gracias a la voz de muchos hermanos, entre nosotros se hizo presente la voz de "los pobres y débiles, los enfermos y leprosos, y los que mendigan a la vera del camino" (1 R 9,2). Y, por supuesto, con nosotros han estado presentes todos los hermanos de nuestras Provincias y Custodias. Nos hemos sentido en plena comunión con la Iglesia local, gracias a la presencia del obispo de Asís, Monseñor Domenico Sorrentino, y con la Iglesia universal, gracias al telegrama y la bendición que el "señor papa", Benedicto XVI, ha tenido a bien enviarnos. A todos los sentimos compañeros de camino y con todos queremos hacer camino.
NUESTRA FORMA DE VIDA
La reflexión capitular se centró en la forma de vida evangélica inspirada por el Altísimo a Francisco. Una forma de vida que cada uno de nosotros ha prometido observar fielmente todos los días de su vida. Una forma de vida que propone el Evangelio como corazón del proyecto franciscano y como regula et vita, "regla y vida" (2 R 1,2) de todos aquellos que, movidos por el espíritu del Señor, se sienten llamados a asumir esta forma de vida, acogen el mensaje de Jesús en su totalidad y desean ardientemente permanecer fieles a las palabras, vida y doctrina y al santo Evangelio de Jesucristo. Una forma de vida que pone en el centro la persona misma de Jesús y que, si es observada fielmente, nos ofrece la posibilidad de compartir su propia vida (cf. 1 R 27; 23). Una forma de vida, en fin, que nos empuja a hacer una profunda experiencia de Dios en el conocimiento y aceptación de uno mismo y en el amor hacia todos.
Frente a esa revelación, la primera respuesta a dar es, en palabras de la hermana Clara, la de conocer nuestra vocación (cf. TestCl 4; 1 Cor 1,26). Sí hermanos, necesitamos hacer memoria constantemente, día a día, de aquel momento de gracia en el cual nos hemos dado cuenta de que el Señor nos amaba con amor de predilección (cf. Mc 10,21), y de cuando, a su invitación a seguirlo, hemos respondido con la generosidad del profeta: Aquí estoy (cf. Is 6,8), te seguiré con todo mi corazón, con toda mi alma, con todas mis fuerzas (cf. Dt 6,4). Grande es el don que hemos recibido del Señor cuando nos llamó a vivir el Evangelio según la forma de vida que nos dejó Francisco, y por el cual estamos obligados mayormente a dar gracias, con la palabra y la vida, al Padre de las misericordias (cf. TestCl 2). Y con el conocimiento de nuestra vocación nos sentimos llamados también a actualizar el propósito de vida que hemos abrazado (cf. 2CtaCl 11), para que, con andar apresurado y con paso ligero (2CtaCl 12), sin dejarnos envolver por tiniebla alguna (3CtaCl 11), podamos avanzar con mayor seguridad en el camino de los mandatos del Señor (2CtaCl 15).
Como primer instrumento para hacer constante memoria de nuestra vocación y actualizar nuestro propósito de vida propongo leer cada día, en actitud de revisión de vida, la fórmula de la profesión, renovándola en nuestro corazón.
Esta actualización ha de hacerse teniendo presente lo que el Espíritu nos dice y pide en estos momentos. El Capítulo que acabamos de celebrar ha sido un tiempo de gracia, un tiempo propicio para la escucha. Durante él, en la escucha atenta de la Palabra y de los hermanos, hemos experimentado, como Francisco, la visita del Señor con la dulzura de su gracia (cf. LM II,1), y a la pregunta Señor, ¿qué quieres que haga?, el Señor no permaneció sordo. Nos habló en la oración silenciosa, nos habló por aquellos que nos iluminaron con sus reflexiones, nos habló en el compartir fraterno.
Personalmente a lo largo de este Capítulo me he sentido muchas veces interpelado y llamado a la conversión, a hacer un camino para pasar de lo bueno a lo mejor, a seguir creciendo en mi entrega al Señor y a los hermanos, para mejor seguir a Cristo. Creo también que el Espíritu nos ha ido indicando algunos aspectos que nos ayudan a clarificar, aún más, nuestra identidad de Hermanos Menores hoy. Sin pretender ser completo, ni mucho menos, al final de este Capítulo deseo compartir con vosotros algunos de estos aspectos que más fuertemente resonaron en el aula capitular y, seguramente, también en nuestros corazones.

PONGÁMONOS EN CAMINO
El Capítulo que hoy clausuramos ha sido una fuerte y apremiante llamada a vivir nuestra vida en profundidad, una llamada a la conversión, a vivir de la fe y desde la fe, a volver al Evangelio, para volver a Cristo, a revivir la experiencia fundacional de nuestra Fraternidad, con el fin de reidentificar y reapropiarnos de la intuición original de Francisco. Ha sido un fuerte aldabonazo a mejorar nuestra comunicación, particularmente a niveles de fe y de vivencia vocacional, a "volvernos" los unos hacia los otros, a derribar barreras y prejuicios, a acogernos desde la escucha recíproca, a superar provincialismos, etnocentrismos, castas y regionalismos, a ensanchar el corazón a la dimensión del mundo. El Capítulo nos ha hecho una llamada urgente a no dejarnos atenazar por la crisis y el miedo, a no encerrarnos en nosotros mismos, a no reducir nuestras presencias al confortable y seguro espacio de nuestros conventos, sino a salir, a des-centrarnos para re-centrarnos, a des-localizarnos para re-localizarnos, a des-arraigarnos y re-implantarnos, a sentirnos itinerantes hacia la liminaridad, la frontera, la periferia, hacia los "claustros olvidados", habitados por los "leprosos" de hoy. En todo momento, nos recuerda el Capítulo, los hermanos hemos de prestar atención a no dar culto a los ídolos del activismo y la eficiencia, para poder mantener el talante profético de nuestra vida. En este contexto el Capítulo nos llama a des-centrarnos de lo urgente para volver a lo esencial y dar calidad evangélica a nuestra vida.
Todo esto, queridos hermanos, tiene mucho que ver con la Formación permanente. En el Capítulo hablamos más de la Formación inicial que de la permanente, pero no podemos olvidar que ésta es prioritaria sobre aquella, por cuanto es necesaria para nutrir la "fidelidad creativa". Tampoco se puede olvidar que la Formación permanente es el "humus" de la Formación inicial, por cuanto ésta consiste en transmitir una forma de vida y no tanto unos conceptos.
Pido pues a todas las Entidades que hagan un Proyecto de formación permanente que abarque todos los aspectos de la vida franciscana: la vocación, la fraternidad/minoridad y la evangelización.
SOMOS UNA FRATERNIDAD
A mi modo de ver, de este Capítulo sale más reforzada la convicción de que somos una Fraternidad. Pienso que el Espíritu en este Capítulo nos ha llamado a todos y en repetidas ocasiones a seguir creciendo en fraternidad, a construir fraternidad, a responder a nuestra vocación de hermanos.
La fraternidad, se repitió muchas veces durante el Capítulo, es uno de los elementos fundantes y esenciales de nuestra vocación y misión. Y así como la fraternidad configuró la vida y la misión de Francisco y de sus primeros compañeros, así también la comunión de vida en fraternidad debe configurar nuestra vida y misión. Ya no podemos hablar de vida franciscana sin vida en fraternidad. Ya no podemos hablar de misión franciscana sin pensarla y vivirla en fraternidad.
Pero el Capítulo, además de ratificar cuanto acabamos de decir, calificó nuestra fraternidad con algunos rasgos que creo importante recordar: fraternidad de creyentes, fraternidad de iguales, fraternidad internacional e intercultural, fraternidad vivida en la complementariedad, fraternidad en diálogo y misión, fraternidad en camino.
Como fraternidad de creyentes, al centro de nuestra vida y misión debe colocarse Cristo, y, como "familia unida en Cristo", la vida fraterna debe ser alimentada y promovida con una profunda vida de fe. Como dije en mi Informe al Capítulo, "el progreso en la vida fraterna en comunidad va de la mano del camino de fe de cada hermano y del camino de fe de la fraternidad". En repetidas ocasiones hemos hablado de la crisis de fe por la que atraviesa la vida religiosa en general y nosotros como parte de ella. Tal vez por ello, la centralidad de la fe en nuestra vida, así como la necesidad de interrogarnos sobre nuestra propia fe, y la necesidad de renovarla y nutrirla constantemente, ha sido un tema central en este Capítulo. Como central ha sido el tema y la práctica de la oración personal y fraterna. Y es que si nuestra vida sólo se puede entender como experiencia de fe, a nadie se le oculta que fe y oración son realidades inseparables. Queridos hermanos: volviendo a vuestras Entidades trasmitid la rica experiencia que hemos vivido en estos días, pero trasmitid, particularmente, esa inquietud que el Espíritu ha depositado en nuestros corazones: la necesidad de crecer en la fe, personal y comunitariamente, y la necesidad y belleza de comunicar y compartir en fraternidad nuestra experiencia de fe. Trasmitid la necesidad de mantenernos siempre en actitud de búsqueda
Para ello considero importante, como mediación, que los proyectos de vida de nuestras fraternidades aseguren los medios y los tiempos para la oración personal y comunitaria, y creen espacios para compartir nuestra fe con los hermanos con los que convivimos en el día a día.
A los hermanos Ministros y Guardianes pido que sean vigilantes, a fin que los hermanos tomen el tiempo necesario para aprender a dar tiempo a Dios (vacare Deo) y para cuidar la calidad de vida.
Es esta una responsabilidad que no podemos delegar o de la cual no podemos abdicar.
A los formadores ruego que desde las primeras etapas de la formación inicial se cuide la calidad de la oración, de tal modo que ésta sea un momento de verdadero encuentro con el Señor.
La vida en fraternidad a la que hemos sido llamados, a ejemplo de la fraternidad vivida por Francisco y sus primeros compañeros, es una fraternidad de iguales, formada por hermanos clérigos y por hermanos laicos, con los mismos derechos y obligaciones (CCGG 3,1; 41). El Capítulo, en diversas ocasiones y a través de voces que nos llegaron de distintas situaciones y "regiones", ha subrayado la importancia de este valor de nuestra forma de vida para poder ser realmente signum fraternitatis, "signo de fraternidad", pidiendo que se haga todo lo posible para que, a todos los efectos, venga reconocida jurídicamente dicha igualdad.
No todo depende de nosotros, pero sí mucho está en nuestras manos, por eso:
Mientras, en estrecha colaboración con los otros hermanos de la Primera Orden, renovaremos la petición a la Santa Sede de que nuestra Orden sea reconocida como "Instituto mixto", según lo que prevé la Exhortación postsinodal "Vita consecrata", hemos de centrar nuestros esfuerzos en dos aspectos: en la formación básica común para clérigos y laicos, teniendo en cuenta las condiciones personales de cada hermano, tal y como está previsto por nuestras Constituciones y nuestra Ratio Formationis, y en la revisión de nuestra pastoral, hasta ahora fundamentalmente clerical, de tal forma que en ella tengan el lugar que les corresponde los hermanos laicos.
En el Capítulo hemos participado hermanos provenientes de casi todos los países, lo que evidencia que somos una fraternidad internacional e intercultural. Esta es una de las grandes riquezas de nuestra Fraternidad que no sólo hemos de custodiar, sino también favorecer y potenciar en todas sus expresiones. Sólo así seremos realmente signos ante un mundo cada vez más dividido.
Para potenciar la vivencia de la fraternidad internacional e intercultural hemos de cultivar y desarrollar el sentido de pertenencia a la Fraternidad universal, superando provincialismos y particularismos. Por otra parte, dado que el sentido de pertenencia a la fraternidad universal y la "superación de barreras" han de considerarse parte integral del crecimiento en fraternidad, es necesario que esta dimensión entre de lleno en la formación inicial y permanente.
Para ello considero importante que se favorezca la erección de casas de formación comunes a varias Provincias, y se intensifiquen sesiones de formación permanente entre varias Entidades, especialmente para guardianes y formadores. También considero importante organizar encuentros de carácter interprovincial o internacionales para nuestros jóvenes hermanos, así como el favorecer el estudio de las lenguas, como medio de comunicación entre hermanos de distintas regiones.
Como he afirmado en mi Informe al Capítulo, nuestra vocación de hermanos hemos de vivirla en la complementariedad. El Capítulo ha reforzado todavía más esta idea. La colaboración con la Familia Franciscana, especialmente a niveles locales, es un imperativo para cada uno de nosotros.
Es, pues, de desear que la celebración del VIII Centenario de la fundación de nuestra Orden y del nacimiento del carisma franciscano favorezca y potencie la colaboración entre todos/as los seguidores/as de Francisco.
En el campo de la colaboración, por mucho que hagamos, siempre nos quedaremos cortos.
Hemos sido llamados para ser enviados. Somos una fraternidad en diálogo/misión. Somos para la misión, somos los "frailes del pueblo". Como hicieron los hermanos a lo largo de estos 800 años de historia, también nosotros hemos de salir, para ir al encuentro de los demás, superando fronteras, de tal forma que el "radicalmente otro" se vuelva el "radicalmente cercano".
Para ello considero fundamental, entre otras actitudes, una formación intelectual sólida que nos permita entablar un diálogo fecundo con la cultura actual y el abrirnos a la misión "ad gentes".
La fraternidad es don, es gracia, decimos siempre y con razón, pero es también tarea. La fraternidad ideal y perfecta no existe. "Nuestro tiempo es de edificación y de construcción continuas" (VFC 26). Nuestra fraternidad es una fraternidad en camino. Somos, por vocación, constructores de fraternidad.
A la luz de la experiencia de los discípulos de Emaús, en cuanto fraternidad en camino, hemos sentido la necesidad de crecer en la comunicación. Una comunicación que nos lleve a dar nombre a lo que estamos viviendo, a hacernos solidarios de la suerte de los demás, a confiar a los otros nuestra pobreza, a narrar la propia vida, la intimidad de nuestro corazón, sin reservas y con total confianza.
Es necesario, es urgente, crear ambientes en nuestras Fraternidades donde sea posible una comunicación más profunda, nacida desde la verdad de nuestro ser, hecha de palabras y de gestos auténticos que vengan del corazón, hecha con un lenguaje renovado desde lo esencial.
Como instrumentos privilegiados para crear entre nosotros una cultura de la comunicación, para crecer en la comunicación y con ella crecer en fraternidad, pido que se preste particular atención a la celebración de los capítulos locales y a otros encuentros, como los Capítulos de las Esteras que el Definitorio sugirió se celebrasen en todas las Entidades como continuación de este Capítulo General Extraordinario, en los que sea posible narrar nuestra propia historia humana y vocacional. El proyecto de vida fraterno debe contemplar estos espacios de comunicación fraterna.
Para crecer en fraternidad es imprescindible una formación humana adecuada. Se hace necesario, por tanto, prestar particular atención a esta dimensión propiciando que en nuestras fraternidades se vivan las virtudes humanas tales como: la familiaridad, la amabilidad, la sinceridad, la confianza mutua, la capacidad de diálogo, el sentido del humor...
Lo dicho anteriormente debe ser motivo de constante evaluación en nuestros encuentros comunitarios.
DE LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS
AL TIEMPO DE LOS SIGNOS
Durante el Capítulo se pidieron en repetidas ocasiones "signos concretos" de nuestro ser Fraternidad universal. En este sentido deseo hacer dos llamadas a todos vosotros, queridos hermanos Ministros y Custodios, y, en vosotros, a todos los hermanos de la Orden. Lo hago en el contexto de la celebración de "La gracia de los orígenes", que encontrará su momento culminante en la celebración del VIII Centenario de la fundación de nuestra Orden.
Siento que es urgente reforzar con personal adecuado nuestros Proyectos misioneros y nuestros Centros de Estudios. Al mismo tiempo siento la urgencia de crear "fraternidades significativas". Para ello necesitamos hermanos. Por otra parte hay Entidades que, a causa de su situación económica, no pueden hacer frente por mucho tiempo a las exigencias del cuidado de los hermanos enfermos, de la formación y de la evangelización. Lo mismo se puede decir de algunas actividades de la Curia General en favor de la cultura en la Orden. Para todo ello son necesarios medios económicos.
Mi petición es ésta: Como signo de solidaridad en estos años en que celebramos "La gracia de los orígenes", cada Provincia ponga a disposición del Ministro General un hermano para los Proyectos misioneros de la Orden, los Centros de estudios y las "fraternidades significativas". Por otra parte, cada Entidad colabore, según sus posibilidades, con el "Fondo de solidaridad" que tiene la Curia general y con el cual socorre las necesidades más urgentes de las Entidades pobres, y los distintos proyectos de la Orden en el ámbito intelectual.
TODO PARA TODOS
Antes de terminar siento el deber de agradecer públicamente al Señor el que me haya llamado a formar parte de esta gran familia de hermanos, y a los hermanos el que, hace tres años, hayáis depositado vuestra confianza en mi persona, llamándome a servir a la Fraternidad universal como Ministro y siervo. Debo confesar que durante este período con mucha frecuencia me he sentido sorprendido por la bondad y la misericordia del Señor y por el afecto que recibo de parte de los hermanos en todo el mundo. Todo esto me obliga no sólo a seguir dando lo mejor de mí mismo al Señor y a los hermanos, sino también a darme totalmente. Soy consciente de que no me pertenezco, por eso hoy reitero mi firme propósito de seguir entregándome totalmente y sin reservas al Señor y a mis hermanos. Pero dado que estoy muy lejos de ello, por mi debilidad y mediocridad, pido perdón al Señor y comprensión a todos vosotros, mis queridos hermanos.
En este contexto siento la necesidad de agradeceros, queridos hermanos Ministros y Custodios, el que durante el Capítulo hayáis sido muchos los que compartisteis conmigo vuestros gozos y vuestras tristezas. Gracias. Me siento muy cercano a vosotros. No estáis solos. El Señor nos acompaña, se hace compañero de viaje y parte para nosotros el pan.
ID HERMANOS CON LA BENDICIÓN DEL SEÑOR
El Capítulo está apunto de concluir. Queridos hermanos Ministros y Custodios:
  • Id y a los hermanos cansados, invitadles a ponerse en camino, mostrándoles, con vuestro paso ligero (cf. Lc 1,39), la belleza de sentirse en camino hacia la meta, recordándoles la necesidad de nutrirse adecuadamente para no desfallecer(cf. 1 R 19,7).
  • Id y a los hermanos tristes, anunciadles el evangelio de la pascua. Que las lágrimas no les impidan ver al resucitado (cf. Jn 20,11ss). Id y a los hermanos que hayan pecado, anunciadles el evangelio de la misericordia.
  • Id y a los hermanos que están mirando hacia tras y tal vez piensan en abandonar, anunciadles el evangelio de la fidelidad de Dios, y llevadles y acompañadles al desierto para que allí puedan escuchar de nuevo la voz del "primer amor" y puedan entregarse a él con el ardor con que lo hicieron en "los días de su juventud" (cf. Os 2,16-17).
  • Id y a las fraternidades divididas, anunciadles el evangelio de la vida fraterna, de la comunión y de la belleza y hermosura que se gusta cuando los hermanos viven unidos.
  • Id y a los hermanos jóvenes, anunciadles el evangelio de la radicalidad evangélica, de la secuela radical de Jesús; y a los hermanos ancianos anunciadles el evangelio de la donación total y sin reservas, el evangelio de la entrega incondicional.
  • Id y a los hermanos, a los muchos hermanos que viven con gozo y radicalidad de vida las exigencias de su vocación, anunciadles que son "amados del Señor" (2 Ts 2,13) y exhortadles a mantenerse firmes siempre, a no desfallecer en su empeño.
  • Id y a los hermanos que encontréis, anunciadles que son agraciados del Dios amor, anunciadles que para Dios nada hay imposible y que por lo tanto también para ellos vale lo dicho por Pablo: "Todo lo puedo en aquel que me conforta".
  • Id y haced de vuestras vidas un anuncio constante de la Buena Noticia que es Jesús. Id y saludad de parte del Ministro y del Definitorio general a todos los hermanos. Id y que el Señor os acompañe siempre y haga fructificar vuestros esfuerzos.
El Capítulo concluye y a la vez sigue abierto, pues toca ahora llevar a los hermanos cuanto aquí hemos vivido y reflexionado. Sed creativos también en buscar los medios para transmitirles esta rica experiencia.
Que el Señor nos dé su fuerza para poner por obra cuanto nos ha inspirado en estos días de gracia. En el Señor Jesús y en el padre San Francisco os abrazo a todos, y, en vosotros, abrazo a todos los hermanos de la Orden.
Santa María de los Ángeles (Asís), 1 de octubre del 2006.
[Acta Ordinis Fratrum Minorum 125 (2006) 458-464]

martes, 25 de septiembre de 2012

LA CONVERSIÓN DEL HERMANO FRANCISCO A CRISTO

Génesis de un encuentro
por Pierre B. Beguin, o.f.m.

No se trata de rehacer, en el marco de este artículo, la historia de la conversión de san Francisco que, por lo demás, puede encontrarse en todas sus biografías. Nos proponemos sencillamente extraer sus líneas directrices y determinar su desenlace concreto. Éste fue, en efecto, el punto de arranque de la nueva «forma de vida» legada por Francisco a los que quisieran beneficiarse de su propia experiencia espiritual.
Como base de nuestro estudio tomaremos, por supuesto, las fuentes franciscanas contemporáneas de Francisco. Él mismo, en su Testamento, nos habla de su conversión: si bien es muy discreto al referirse a los acontecimientos que la ocasionaron, nos habla de buen grado de su evolución espiritual y de la «forma de vida» que de ella se derivó.
A su testimonio añadiremos el de los hermanos que lo conocieron más de cerca y cuyas informaciones se recogieron en la compilación llamada Leyenda de los tres compañeros (TC). Redactada en 1246-1247, veinte años después de la muerte de Francisco, su autor tuvo en las manos los escritos recogidos por orden del Capítulo General de Génova (1244), entre otros, las «Memorias» de los hermanos Bernardo y Gil, que conservamos todavía (el Anónimo de Perusa), los de los hermanos León, Rufino y Ángel, desgraciadamente perdidos después, y otros testimonios autenticados por estos tres hermanos. Además, en la primera parte de su obra, la intención del compilador es manifiestamente completar y, a veces, corregir la biografía oficial de Francisco, la Primera Vida de Celano, demasiado poco documentada y bastante poco realista respecto a los veinticinco primeros años de la vida de su héroe. Por otra parte, una comparación atenta de las relaciones entre la Leyenda y las fuentes que de ella conocemos viene a garantizarnos la escrupulosa fidelidad de su autor a las informaciones que posee. Celano mismo utilizará esta obra cuando se le pida una nueva elaboración, corregida y aumentada, de su biografía.
Tomando como punto de partida la personalidad del joven Francisco, expondremos brevemente la dinámica de su conversión, para esclarecer finalmente el desenlace de la misma. Veremos así que esta «conversión a Cristo», como la llamaba Francisco mismo (LP 106), fijó para él y para nosotros los rasgos destacados del Cristo «vivo y verdadero», sobre los cuales quiso modelar la «forma de vida» que nos ha dejado. ¡Que esta «génesis de un encuentro» pueda contribuir a una fructuosa revitalización de nuestros propios encuentros con el Señor!
I. LA PERSONALIDAD DE FRANCISCO
Tampoco aquí se trata de presentar un estudio exhaustivo de la personalidad de Francisco. Nos contentaremos con señalar ciertas características fundamentales que reagrupan los elementos suministrados por las fuentes sobre lo que fue Francisco en su juventud. No sería difícil, por otra parte, probar que él siguió siendo el mismo después de cumplir sus veinticinco años, y esto incluso en los defectos de sus cualidades. Pero esto sería el objeto de otro estudio, y muy atractivo por cierto.
1. Una personalidad muy fuerte
Esto llama la atención desde un principio. En cualquier circunstancia, Francisco está siempre seguro de sí mismo. La primera «palabra» suya que nos ha conservado la Leyenda (TC 4) es su réplica a un compañero de cautividad en los calabozos de Perusa. Intérprete de la opinión general, éste le reprochaba su jovialidad y le trataba de cabeza de chorlito. «¿Por quién me tomáis? -replicó Francisco de inmediato-. Día llegará en que seré honrado en el mundo entero». Su segunda palabra también testimonia la misma jactancia: «Sé que he de llegar a ser un gran príncipe» (TC 5). Y para llegar a este alto rango, él, simple hijo de burgués, no duda en pretender el título de caballero.
Francisco es resueltamente no-conformista. No sigue la moda ni la opinión ajena, sino que las crea, tanto por sus extravagancias en el vestir (TC 2) como por su negativa a plegarse al parecer de otros: en la prisión de Perusa, una vez más, Francisco fue el único, contra todos los demás, que se negó a hacerle el vacío a uno de los caballeros, y siguió tratándolo como a un amigo e invitó a los otros a que hicieran como él (TC 4).
Sin duda, lo consiguió, pues siempre se le ve imponerse. Se impone al grupo de compañeros que lo rodean y lo imitan (TC 2), y forman su cortejo cuando, altivo y dominador, marcha por las plazas de Asís (1 Cel 2). Y se impone también a sus padres, que «le tenían mucho cariño, no querían disgustarlo y le consentían tales demasías» (TC 2). Más tarde, con su insistencia y su obsesión, conseguirá que el capellán de San Damián acceda a hospedarlo (TC 16).
Durante el largo proceso de su conversión (1203-1208), «a nadie manifestaba su secreto, ni se valía en todo esto de otro consejo que el de sólo Dios... y, a veces, del que pudiera darle el obispo de Asís» (TC 10). Cuando luego tenga la responsabilidad de dirigir a los hermanos, Francisco mismo nos dirá: «Nadie me mostraba qué debía hacer, sino que el Altísimo mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio» (Test 14).
«Tenaz en el propósito, firme en la virtud, perseverante en la gracia, el mismo en todo» (1 Cel 83). La oposición no hace más que reforzarlo en su resolución (TC 11): ni las persecuciones de su padre ni los cariñosos reproches de su madre consiguen «hacerle mudar de propósito» (TC 18), como tampoco consiguen hacerle «claudicar ni titubear» los malos tratos que recibe de parte de sus antiguos amigos o de sus conciudadanos (TC 17).
Así, tal cual, permanecerá durante toda su vida. Es evidente que hay que responder afirmativamente a la pregunta y sospecha de F. De Beer: «¿Tendría, pues, Francisco un carácter autoritario, incluso dictatorial? No está descartado, porque no sólo aparece como un ser de acusada personalidad, sino también como quien impone a los otros sus propios caprichos».
2. Un extrovertido
En el sentido etimológico de la palabra, Francisco es un hombre «vuelto hacia el exterior». Todo al contrario de aquel que permanece «encerrado en sí mismo», Francisco está abierto a los otros y al mundo. Tiene naturalmente necesidad de compartir, de estar en comunión con el otro y con todo. Tiene el don de la «simpatía», de «sentir-con» el otro y, consiguientemente, de ir hacia él. Hacia aquellos caballeros de los que quiere ser émulo: por ejemplo, hacia aquel a quien sus iguales hacen el vacío en los calabozos de Perusa (TC 4), o hacia aquel que tan triste figura hacía con su indumentaria, en vísperas de partir para la Pulla (TC 6). Esta «simpatía», como es manifiesto, muy de buen grado se dirige hacia aquellos que sufren. Se hace «conmiseración», muy especialmente para con los pobres: ella lleva a Francisco a «ponerse en su lugar», literalmente, hasta el punto de hacerse mendigo con ellos en el atrio de San Pedro (TC 10).
Pero su simpatía es universal: «Era como naturalmente cortés en modales y palabras» (TC 3). Ama la vida, la vida a lo grande, y se complace en ella. «Alegre», «generoso, incluso pródigo», «dado a juegos y cantares», «locamente vanidoso», son algunos de los calificativos repetidos con frecuencia por nuestro compilador, que nos presenta a Francisco «de ronda noche y día por las calles de Asís escoltado por un grupo de compañeros» (TC 2).
En una palabra, Francisco es un hombre que necesita prodigarse, o mejor, darse. Darse a las grandes causas, como la de su ciudad en guerra contra Perusa. A un ideal, como el de la caballería, en la que pretendía ser admitido para hacer en ella una carrera de príncipe. Pronto lo veremos a la búsqueda de «su Señor», y toda su vida no será más que el don de sí mismo a ese Señor, una vez que lo haya encontrado.
3. Un hombre de acción
Francisco es ciertamente un idealista, pero no un soñador. El atractivo del ideal pone de inmediato en acción todas sus energías. Se lanza a la acción para conseguir cuanto antes el objetivo que se propone, trátese de la gloria de la caballería o del vasallaje respecto de Cristo.
«Se levanta», «se pone a...», «inmediatamente», «al momento», «sin tardanza», son también expresiones repetidas con frecuencia para caracterizarlo. En su diálogo con el desconocido que le habla en sueños en Espoleto, espontáneamente Francisco desciende a lo concreto: «Señor, ¿qué quieres que haga?» Y, «apenas amaneció», obedeció y «se volvió a Asís a toda prisa» (TC 6). A la orden que le da Cristo de «reparar su casa», contesta inmediatamente: «De muy buena gana lo haré, Señor» (TC 13). Y al instante «se levanta» y toma sus disposiciones para emprender la restauración de la capilla (TC 16). Durante su comparecencia ante el tribunal episcopal, no se para en barras ni se contenta con devolver el dinero a su padre: le devuelve incluso sus vestidos (TC 20). Apenas escuchado y entendido el evangelio de la misa de san Matías, «al momento» pone en práctica lo que acaba de aprender y comienza «sin demora» su misión apostólica (TC 25-26). La noche en que Bernardo le consulta sobre el proyecto que tiene para seguirle, Francisco resuelve sin titubear: «Mañana muy temprano iremos a la iglesia y conoceremos por el libro de los evangelios lo que el Señor enseñó a sus discípulos» (TC 28). Y, hallado el texto, ordena inmediatamente a Bernardo y a Pedro: «Hermanos... Id, pues, y obrad como habéis escuchado» (TC 29).
Esa será siempre su pedagogía para con sus hermanos, y él mismo la plasmará en dos fórmulas impresionantes: Mortal es el saber al que no sigue el bien obrar (cf. Adm 7); y: «Tanto sabe el hombre, cuanto obra; y tanto sabe orar un religioso, cuanto practica» (LP 105).
4. Un hombre de reflexión
Francisco era «enérgico y eficaz en la acción», pero también «prudente en la reflexión» (cf. 1 Cel 83). «De sutil ingenio», su fogosidad natural no le impedía la deliberación. «Entra en sí mismo», «se pone a pensar», son igualmente expresiones frecuentes del recopilador. Sigue en esto al Anónimo de Perusa, el cual se complace en corregir respecto a este punto el retrato de juventud de un Francisco impulsivo y desordenado que nos había dejado Celano (cf. 1 Cel 4-5; AP 5 y TC 5).
Por haber rechazado a un pobre que le pedía limosna «por amor de Dios», Francisco se sintió movido a entrar dentro de sí mismo y a reconvenirse por su acción, tras de lo cual tomó la decisión de extender a los desgraciados la liberalidad y cortesía que solía tener con los grandes (TC 3). Después del sueño de las armas, Francisco «vuelve y revuelve el asunto en su mente» buscando el sentido que debe darle (AP 5); el sueño de Espoleto, por su parte, lo sumergió en una reflexión tan profunda «que aquella noche no pudo reconciliar el sueño» (TC 6).
En el tiempo en que trabajaba como albañil en la reparación de San Damián, «se detuvo a reflexionar» sobre el trato privilegiado que le dispensaba el sacerdote, y se dirigió a sí mismo todo un sermón: la consecuencia fue mendigar en adelante él mismo su comida (TC 22). Poco familiarizado todavía con la Escritura, se hizo explicar por el mismo sacerdote el evangelio escuchado en la misa, para «comprenderlo mejor» antes de conformar a él su vida (TC 25). Consultado él mismo, a su vez, por Bernardo «sobre el mejor modo de disponer de sus bienes», Francisco le contestó que era al Señor a quien había que consultar, y que irían juntos a buscar su respuesta en el Evangelio (TC 28).
Todo esto nos prueba bien que el acero de su voluntad estaba templado en la reflexión. Impulsivo por temperamento, Francisco aprendió, a lo largo del duro noviciado de su conversión, a desconfiar de su primer impulso (cf. TC 17) y a buscar la inspiración divina en la oración y en la reflexión (TC 10, 12, 13, 16).
Estos rasgos fundamentales de la personalidad de Francisco están ya presentes en el retrato con el que el autor de la Leyenda de los tres compañeros abre su relato (TC 2-3). Vamos a ver que Dios hace «de estas virtudes naturales» como «peldaños» para elevar al joven hasta Él (TC 3).
II. LA DINÁMICA DE LA CONVERSIÓN
Como siempre, Dios es quien toma la iniciativa (TC 4-7). Copiando de Celano su retórica y sus citas escriturísticas diremos que fue Él quien «puso freno en la boca» de Francisco, quien «cerró de zarzas su camino y alzó un muro» (1 Cel 2-3; cf. Os 2,8).
Comienza entonces un largo cambio total (TC 8-13) que llevará al joven a descubrir a su verdadero Maestro (TC 13-15), sus exigencias progresivas y liberadoras (TC 16-24), y, finalmente, la propia vocación (TC 25-26). Se convertirá así en el promotor de una nueva «forma de vida» religiosa «según la forma del santo Evangelio» (TC 28-29).
1. El camino cortado (TC 4-8)
El joven Francisco estaba «ansioso de gloria», y Dios se sirvió de esa inclinación natural suya para atraerlo y hacerlo pasar de la sed de vanagloria a la ambición de la verdadera gloria (TC 5). Sin duda alguna, Francisco tomó parte en las luchas de Asís por conquistar sus libertades comunales (1198), y, más tarde, en las de la burguesía por asegurar su preponderancia en la ciudad (1200). En los dos casos Francisco compartió sus triunfos. Pero su primer alistamiento militar, en la guerra entre Asís y Perusa, se saldó con un fracaso estrepitoso y un año de prisión en manos del enemigo (TC 4).
Si bien salió de ello mortificado en su orgullo patriótico, aquella prolongada camaradería con los caballeros, cuya prisión compartía, no pudo sino halagar su amor propio y exacerbar su sed de grandezas. Vuelto a su casa, el sueño de un castillo lleno de armas, prometido «a él y a sus caballeros», lo confirma en su ambición de hacerse admitir en la nobleza. Lleno de entusiasmo y de confianza en «un porvenir principesco», cuya pompa adopta por adelantado, emprende viaje hacia la Pulla. Pero, en Espoleto, a unos veinte kilómetros de Asís, un segundo sueño echa por tierra todo su proyecto: el «señor», a cuyo servicio quería entrar para convertirse en caballero, no era quien él pensaba, pues había interpretado mal su primer sueño. Trastornado pero dócil, Francisco da marcha atrás en dirección a la casa paterna (TC 5-6).
«Señor, ¿qué quieres que haga?» Es sin duda la primera vez que Francisco cuenta con alguien otro. Hay en ello un notable cambio interior que hace nacer en él el «deseo de conformarse a la voluntad divina» (TC 6).
No por ello deja de volver a su vida alegre de antes. Hará falta una tercera intervención divina para arrancarlo de ella: después de una opípara merienda, de la que él había sido el anfitrión y rey, pero de la que no había sacado sino melancolía, Francisco sintió súbitamente la visita de Dios bajo la forma de una dulzura enajenadora (TC 7).
La novedad e intensidad de esta experiencia de Dios provoca en Francisco una profunda necesidad de interiorización. «Sus amigos, atemorizados, lo contemplan como hombre cambiado en otro» (TC 7). Progresivamente va retirándose Francisco del bullicio del mundo y trata de reencontrar en el fondo de sí mismo al Señor que se la ha manifestado de manera tan inefable. A su búsqueda, Dios responde con visitas cada vez más frecuentes, cuya dulzura da a Francisco el gusto por esos encuentros y, literalmente, «lo arrastra» a una vida de oración (TC 8).
Entonces se abre para él el camino de la «conversión», que lo llevará a descubrir «la verdadera vida religiosa que abrazó» más tarde (TC 7).
2. El progresivo cambio total (TC 8-13)
A partir de ese momento, «Francisco comienza a...». Ocho veces se repite esta expresión en la pluma de nuestro recopilador, siempre a propósito de la conversión del joven Francisco, para no aparecer más a continuación (1).
De nuevo aquí la generosidad natural de Francisco le abre el camino hacia Dios. Se acrecienta su liberalidad para con los pobres y su conmiseración por ellos: la frecuentación de éstos sustituye la de los amigos frívolos de ayer (TC 9). Y, poco a poco, su amor a los pobres se transforma en amor a la pobreza misma. Es una especie de llamada, como un camino que se abre ante él, y su oración toma un rumbo más preciso: «Comenzó a pedir al Señor que se dignara dirigir sus pasos» (TC 10).
La respuesta del Señor no se hace esperar. Invita a Francisco a una inversión total de su escala de valores: «Francisco, si quieres conocer mi voluntad, es necesario que todo lo que, como hombre carnal, has amado y has deseado tener, lo desprecies y aborrezcas. Y después que empieces a probar esto, aquello que hasta el presente te parecía suave y deleitable, se convertirá para ti en insoportable y amargo, y en aquello que antes te causaba horror, experimentarás gran dulzura y suavidad inmensa» (TC 11).
Algunos días más tarde, el Señor lo pone entre la espada y la pared: es el encuentro inesperado con un leproso, en que Francisco, por primera vez, supera la aversión que él creía invencible. «Desde entonces empezó a despreciar más y más» al joven presumido que había sido: llegó a ser tan familiar y amigo de los leprosos, que moraba entre ellos y los servía humildemente, y aquí experimentó la veracidad de la promesa del Señor (TC 11).
Esta experiencia concreta de la intervención divina que lo «llevó entre los leprosos» (Test 2), tuvo como resultado intensificar aún más su vida de oración y su necesidad de soledad para dialogar con Dios. En las luchas que tuvo que sostener para perseverar en el camino emprendido, su súplica se hizo más insistente «para que Dios se dignara encaminar sus pasos» y él pudiera seguir la ruta que Él le marcara (TC 12). Luchando entre un pasado que llora y un futuro incierto, Francisco, sin embargo, «siente arder en su interior el fuego divino»: esta vez está realmente «transformado en otro hombre» (TC 12).
A su oración angustiada, de nuevo el Señor le responde dándole serenidad y alegría: muy pronto sabrá Francisco lo que tiene que hacer (TC 13) para realizar finalmente su «deseo de conformarse a la voluntad divina» (TC 6).
El rizo queda rizado, el cambio total consumado. El autor de la Leyenda se cuida de advertírnoslo, remitiéndonos a los preliminares de la conversión: al sueño de Espoleto, que provocó esta aspiración del joven Francisco, y a la última velada festiva, que vino a confirmársela (TC 13).
3. Francisco descubre a «su Señor» (TC 13-15)
Hasta aquí, tanto en los sueños como en la oración, ha sido un desconocido, una voz, una inspiración interior, el que ha guiado a Francisco. Éste ha hecho la experiencia de la presencia de Dios, pero no lo ha visto. ¿Cómo, por otra parte, lo podría? Sin embargo, Dios se le va a «revelar» bajo los rasgos humanos que tomó al encarnarse en Jesucristo. Ese Dios que le hablaba, que «dirigía ya sus pasos» (TC 10), tendrá en adelante un rostro: el del Crucifijo de San Damián, que se anima y habla a Francisco. El «Señor» de quien Francisco aspiraba a ser vasallo y leal, será en adelante Cristo, y Cristo crucificado (2). Esta revelación fue para él una iluminación que lo llenó de gozo: tuvo la íntima convicción de «que había sido Cristo crucificado el que le había hablado» y le había confiado, por fin, una tarea concreta que cumplir en su servicio (TC 13).
Pero el joven descubre todavía más. Ese ideal que quiere alcanzar, ese «deseo de conformarse a la voluntad divina», ese «otro hombre» que debe llegar a ser, toman también un rostro, y es el de «su Señor» (TC 14), el de Jesús crucificado (3).
Esto también es capital, y el autor de la Leyenda insiste en ello: rompiendo, por una vez, el orden cronológico al que se atiene, introduce aquí una larga digresión sobre las consecuencias prácticas que este descubrimiento de Cristo crucificado tendrá en la óptica y en la vida de san Francisco (TC 14-15). Y la concluye, además, excusándose de ello, por la importancia del tema tratado: «Hemos dicho incidentalmente estas cosas... para demostrar que, desde la visión y alocución de la imagen del crucifijo, Francisco fue, hasta su muerte, imitador de la pasión de Cristo» (TC 15).
4. La ruptura con el mundo (TC 16-18)
Al mandato de Cristo, Francisco responde inmediatamente: se procura en Foligno el dinero necesario para la reparación de la capilla y se pone a residir en San Damián, sin ni siquiera advertir de ello a su familia. Este doble paso provoca la ira de su padre, deseoso de recuperar a la vez su hijo y su dinero. Es el comienzo para Francisco de una larga crisis interior.
No armado todavía solemnemente, «el novel caballero de Cristo» no se arriesga a reaparecer ante sus parientes ni ante sus conciudadanos: se refugia en una cueva oculta durante todo un mes, y allí vela sus armas en oración y ayuno. Pide al Señor que le dé fuerzas para «cumplir sus piadosos designios» (TC 16), y se anima a sí mismo recordando «la inefable alegría y la maravillosa claridad» recibidas del Crucificado (TC 17).
Finalmente, Francisco pasa del miedo a la seguridad y vuelve en plena luz a Asís. Allí afronta las burlas y los malos tratos de sus conocidos, la ira y las represalias de su padre, los cariñosos reproches de su madre. Liberado por ella tras muchos días de reclusión en la casa paterna, vuelve inmediatamente a San Damián liberior et magnanimior, «con más independencia y magnanimidad» por la prueba de la que acaba de triunfar (TC 17-18).
5. La total libertad «al servicio de Cristo» (TC 19-20)
Francisco va a dar muy pronto pruebas de esta nueva libertad. Emplazado, a requerimiento de su padre, ante el tribunal del común, rechaza su competencia: «Se ha puesto al servicio de Dios y ha quedado emancipado de la jurisdicción civil» (TC 19). Citado entonces ante el tribunal episcopal, Francisco renuncia a toda prerrogativa o derecho de familia y reivindica en cambio su emancipación de la tutela paterna: «De ahora en adelante diré "Padre nuestro, que estás en los cielos", y ya no "padre mío Pedro Bernardone"» (TC 20).
La crisis está resuelta, la ruptura consumada. El obispo de Asís no puede menos que admirar «el fervor y constancia» del joven Francisco (TC 20).
6. «El compromiso incondicional» (TC 21-24)
De este fervor y constancia, la Leyenda nos da ahora varios ejemplos. La vida del nuevo convertido estará toda entera «consagrada incondicionalmente al servicio de Dios» (TC 21).
Francisco pregona su ruptura con el mundo adoptando «un hábito a manera de ermitaño». Luego, gozoso y ferviente y como ebrio de espíritu, se pone a reparar la casa de su Señor. Sin tener una gorda, canta las alabanzas del Señor y pide en recompensa piedras que él «transporta sobre sus hombros» a San Damián (TC 21). Convertido en pedigüeño por fuerza de las circunstancias, está resuelto, además, a vivir auténticamente la condición de los miserables: rechaza la mesa del capellán y va a mendigar de puerta en puerta una comida que no tiene nombre (TC 22). Puede decirse que oficialmente se hace adoptar por la familia de los pordioseros al tomar como padre a un viejo mendigo, quien, con sus bendiciones, conjurará las maldiciones paternas (TC 23).
Nada consigue minar su constancia. Tiritando de frío bajo su pobre hábito, vende, sin embargo, «muy caro este sudor a su Señor» (TC 23). Por el honor de su servicio, se obliga a triunfar de las inevitables manifestaciones del amor propio (TC 24). Y en esta condición de pobreza, en la práctica de la mendicidad, en ese total «desprecio de sí mismo» (TC 21), es como finalmente Francisco, «con la gracia de Dios, consigue la victoria total sobre sí mismo» (TC 11). El largo trabajo de su conversión ha llegado a su término: el Señor puede ahora confiarle la verdadera tarea a que lo había destinado.
7. La revelación de su verdadera vocación (TC 25-26)
Cristo habla de nuevo a Francisco. Ya no necesita mostrarle su rostro, sino hacerle escuchar su Palabra por el Evangelio.
Asistiendo a la misa de san Matías, Francisco se siente interpelado por el evangelio del día, el de la misión de los discípulos (Mt 10,5-15). Hace que el capellán se lo explique, y descubre en él una llamada personal de Cristo que le revela su verdadera vocación y misión.
Inmediatamente pone en práctica las consignas dadas por Jesús: se hace un nuevo hábito, reducido a una sola túnica más pobre todavía, se ciñe con una cuerda, desecha el calzado y bastón de ermitaño, y, sin alforja, bolsa ni dinero, marcha a anunciar a todos la llegada del Reino por la conversión de los corazones (TC 25). A todo el que encuentra le dirige «el saludo que le reveló el Señor» (Test 23) en este evangelio del 24 de febrero de 1208. Por todas partes «anuncia la paz, predica la salvación» y lleva a Cristo a aquellos que estaban alejados de Él (TC 26). Así es como «empezó, por impulso divino, a anunciar la perfección del Evangelio y a predicar en público con sencillez la penitencia» (TC 25).
8. La fundación de la Fraternidad (TC 27-29)
Estos tres últimos párrafos (27, 28 y 29) son como el epílogo y corolario de la conversión de Francisco. La irradiación de su predicación y de su vida le atrae pronto los dos primeros compañeros (TC 27-28). Y Francisco los lleva a Cristo, vivo y que habla en el Evangelio, yendo con ellos a una iglesia para pedirle «que les manifieste lo que deben hacer». Piden a un sacerdote (AP 10) que les enseñe los textos evangélicos sobre «la renuncia al mundo», e inmediatamente los adoptan como «forma de vida y regla para ellos y para todos los que quieran unirse a ellos» (TC 28-29). Como advierte con agudeza el autor de la Leyenda, esto no fue más que el resultado del largo trabajo de conversión operado por Dios en Francisco y «la confirmación ahora manifestada y comprobada divinamente de un proyecto y deseo concebido hacía tiempo» (TC 29).
Para obedecer a las consignas de Jesús, Bernardo y Pedro vendieron todos sus bienes y distribuyeron su producto a los pobres, tomaron un hábito parecido al de Francisco y «desde entonces vivieron unidos según la forma del santo Evangelio que el Señor les había manifestado». «Por eso -concluye la Leyenda-, el bienaventurado Francisco escribió en su Testamento: El Señor mismo me reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio» (TC 29).
* * *
Adviértanse, en esta larga evolución interior que lleva a Francisco a su «conversión a Cristo» y al descubrimiento de su verdadera vocación, los dos polos hacia los que convergen los diferentes elementos de la narración.
Antes de la ruptura definitiva de Francisco con el mundo (TC 19-20), el autor insiste principalmente en el esfuerzo de interiorización exigido por la conversión, y muy especialmente en la intensificación creciente de la vida de oración (TC 10-13, 16-17). Anticipándose a la revelación en que Francisco descubrirá a «su Señor» (TC 13), desde el principio nos ofrece la llave que nos abre la inteligencia de su relato: en esta primera fase de su conversión, el joven Francisco «se afanaba por encontrar a Jesucristo en el fondo de sí mismo» (cf. TC 8).
Después de su «salida del mundo» (Test 3), todos los rasgos relatados vienen a ilustrar la voluntad de pobreza y de minoridad del nuevo convertido (TC 21-25) y de sus primeros compañeros (TC 28-29). En esta segunda parte, el autor subraya igualmente el carácter apostólico de la vocación de Francisco (TC 25-26) y de los hermanos (TC 29), y su propósito muy firme de vivir juntos en fraternidad (TC 27-29).
De este modo, reúne y presenta, desde el principio de su obra, las características fundamentales de la nueva «forma de vida evangélica» revelada por Cristo a Francisco, a cuya descripción va a consagrarse en adelante el autor, recordando la historia de la Fraternidad recién fundada (TC 30-67).
III. «CONVERTIRSE A CRISTO»
Según el hermano León, esta expresión sería del mismo san Francisco. Se la encuentra, en todo caso, en el Testamento de santa Clara (TestCl 9), y otras fuentes franciscanas la utilizan aquí y allá. Es de señalar que, salvo en san Buenaventura, se aplica siempre o bien a Francisco o bien a aquellos o aquellas que han abrazado su «forma de vida evangélica». Parece, pues, que caracteriza bien la andadura de quienes reconocen en Francisco a su «fundador» e inspirador «en el servicio de Cristo» (TestCl 7).
Francisco, en efecto, se convirtió a una Persona, y no a una idea o a un sistema. Literal y decididamente, Francisco «se vuelve hacia» la Persona de Cristo cuando éste se le manifiesta en la capilla de San Damián: desde ese momento, Cristo se convierte realmente para él en «el camino, la verdad y la vida» (Adm 1,1; 1 R 22,40). Y esta orientación va a determinar toda su andadura espiritual, tal como él mismo la evoca al comienzo de su Testamento.
Francisco, por supuesto, no escribe en él una autobiografía. Pero, en los trece primeros versículos de este documento, nos deja entrever su evolución espiritual, precisamente durante el período de su «conversión», en el que lo hemos acompañado siguiendo la Leyenda de los tres compañeros. ¿Qué nos dice de sí mismo en el Testamento?
En cuanto a acontecimientos concretos, no mucho. Él sitúa el corte entre su «vida de pecados» y su «vida de penitencia» en el momento en que «el Señor lo condujo entre los leprosos» y en que se puso a su servicio (Test 1-2). En efecto, fue entonces, como lo señala la Leyenda refiriéndose explícitamente a este texto, cuando invirtió su escala de valores y cuando la amargura de antes se convirtió para él en «dulzura de alma e incluso de cuerpo» (Test 3; TC 11).
«Poco después -añade Francisco-, salí del siglo». Sabemos que fue a continuación de su encuentro y diálogo con el Cristo de San Damián. Pero Francisco no dice nada de ello: celosamente «guarda en su corazón los secretos del Señor» (Adm 28,3). Este episodio se relatará, por primera vez, sólo en 1246, en la Leyenda de los tres compañeros, probablemente en base al testimonio del hermano León, confesor e íntimo del Santo, que podía entonces sentirse desligado de toda obligación de guardar discreción, puesto que el Capítulo General de Génova (1244) había ordenado a todos los que habían conocido a Francisco que revelaran lo que sabían de él.
Francisco no nos habla más de su nueva vida «fuera del siglo». Pero, en compensación, descorre un velo sobre las implicaciones prácticas de este descubrimiento de «su Señor» en su andadura espiritual.
No se vuelve hacia un personaje histórico del pasado, sino hacia el Cristo vivo, presente y que le habla, a él, Francisco, en esa mañana de otoño de 1205, en la capilla de San Damián.
Más allá de la imagen del Crucificado, ante la que quiere que en adelante «luzca continuamente una lámpara» (TC 13), se encariña con la capilla misma, en la que desea que «luzca de continuo una lámpara» y para la que pide de limosna aceite (TC 24). ¿No la había llamado su Señor «su casa» y no se le había manifestado en ella?
Naturalmente, esta fe de Francisco en el Cristo vivo y presente va más allá de la imagen que le ha hablado, y se centra en la presencia real y permanente de Jesús-Eucaristía en esta capilla atendida por un capellán residente. ¿Cristo, en efecto, no ha hecho de la Eucaristía «la manera de estar siempre con sus fieles, como Él mismo dice: Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo»? (Adm 1,22). En adelante, para Francisco, el «contacto» con Cristo vivo y verdadero pasará, de manera privilegiada, por la Eucaristía: «En este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y santísima sangre» (Test 10).
Desde entonces, y muy naturalmente también, su fe en la Presencia eucarística desborda el humilde recinto de la capilla de la aparición: «El Señor me dio una tal fe en las iglesias, que oraba y decía sencillamente: Te adoramos, Señor Jesucristo, también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo» (Test 5) (4).
Pero, en el amanecer del 24 de febrero de 1208, Francisco hace una nueva experiencia de la presencia del «Señor vivo y verdadero» (Adm 16). Esta vez, Cristo lo interpela por medio de su Evangelio. Francisco descubre en él otro modo de presencia de «su Señor», un nuevo medio de «contacto» con Él, tan «directo» como su Presencia eucarística: «Nada, en efecto, tenemos ni vemos corporalmente en este mundo del Altísimo mismo, sino el cuerpo y la sangre, los nombres y las palabras, por los que hemos sido hechos y redimidos de la muerte a la vida» (CtaCle 3). Por eso, los Nombres y las Palabras del Señor, escritos en el libro de los Evangelios, deben ser objeto de la misma veneración y del mismo diligente cuidado que la Eucaristía misma (2CtaF 11-13; Test 11-12). Para Francisco, Cristo, la Eucaristía, el Evangelio, es todo uno: es una misma y única Persona, siempre presente a mi lado, que sin cesar me habla y, de ese modo, me «crea» y me «redime» hoy.
Esta fe en la Presencia «tangible» de su Señor en la Eucaristía y en el Evangelio suscita en Francisco la fe en su Presencia por la Iglesia, única depositaria de lo uno y de lo otro, guardiana y garante de esa Presencia tangible de Cristo en cada uno de nosotros.
Como advierte Francisco, su fe en la Iglesia es la consecuencia lógica de su «fe en las iglesias» y en el Evangelio: «Después de esto, el Señor me dio, y me sigue dando, una fe tan grande en los sacerdotes que viven según la norma de la santa Iglesia romana, por su ordenación...; porque miro en ellos al Hijo de Dios y son (por tanto) mis señores. Y lo hago por este motivo: porque en este mundo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y santísima sangre, que ellos reciben (en el altar) y solos ellos administran a otros... Y también a todos los teólogos y a los que nos administran las santísimas Palabras divinas, debemos honrar y tener en veneración, como a quienes nos administran espíritu y vida» (Test 6-13).
La Iglesia visible se convierte así para Francisco en el lugar y en el intermediario obligados de su encuentro con Cristo vivo y verdadero.
IV. CONCLUSIÓN
Tales son los elementos que, en su «retorno al pasado» (Test 34), Francisco mismo nos suministra sobre el proceso y las implicaciones de su «conversión a Cristo». Su apego a la Persona de «su Señor» se expresó espontáneamente en su tierna y profunda devoción a la Eucaristía, en su voluntad inquebrantable de conformarse siempre al Evangelio y en su «fidelidad y sumisión a los prelados y a todos los clérigos de la santa Madre Iglesia» (TestS 5).
Francisco menciona igualmente estos elementos a propósito de la vida de la Fraternidad primitiva, que él propone como ejemplo a la de 1226, «para que mejor guardemos católicamente la Regla que prometimos al Señor» (Test 34). «Cuando el Señor le dio hermanos», el Fundador les comunicó su propia fe y devoción a la Presencia «tangible» de Jesús en la Eucaristía: «Quiero que estos santísimos misterios sean honrados y venerados por encima de todo y colocados en lugares preciosos» (Test 11) (5). Les recuerda también que, como consecuencia de «la revelación del Altísimo mismo», deben «vivir según la forma del santo Evangelio», y que la Regla que les ha dado no es más que un «sencillo compendio» sancionado por la autoridad de la Iglesia romana (Test 14-15), a la que deben permanecer estrictamente sumisos (Test 31-34).
Francisco, por lo demás, no hace aquí más que repetir abreviadamente lo que nunca ha dejado de inculcar a sus hermanos acerca de la fe de su propia experiencia. La vida de ellos debe ser una continua «conversión a Cristo», puesto que ella consiste esencialmente en «seguir su doctrina y sus huellas» (1 R 1,1), o dicho de otro modo, en «observar su santo Evangelio» (2 R 1,1). En efecto, «dice el Señor Jesús a sus discípulos: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie llega al Padre sino por mí» (Adm 1,1).
En conclusión, como declara Francisco en su Testamento de 1219, «hemos de recurrir a Él como al pastor y guardián de nuestras almas, y atenernos firmemente a sus palabras, vida y doctrina, y a su santo Evangelio» (1 R 22,32 y 41). Y lo repetirá una vez más al poner el punto final a la Regla definitiva, subrayando que esta adhesión total al Cristo del Evangelio pasa necesariamente por la adhesión total a su Iglesia: sólo estando «siempre sumisos y sujetos a los pies de la misma santa Iglesia» podremos mantenernos «firmes en la fe católica» y en el afecto a la Persona de Cristo Jesús, es decir, podremos vivir auténticamente «la forma de vida evangélica» que Francisco nos ha legado y que él ha concretizado en «la práctica de la pobreza, de la humildad y del santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo que firmemente prometimos» (2 R 12,4).
Sí, Francisco se «convirtió a Cristo», y su conversión sigue siendo el modelo de la nuestra.
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Notas:
1) Cf. los títulos de los capítulos III, IV y VII, y los nn. 8, 10, 11, 21 y 25. El último pasaje (TC 25) nos muestra a Francisco cuando «empezó» a predicar, y ya sólo se encuentra el término coepit (comenzó), referido a Francisco, en una ampliación del pasaje antes citado: después de la aprobación de la Fraternidad por Inocencio III, Francisco «comenzó a predicar más y mejor» (TC 54).
2) No carece de interés el señalar que una versión más arcaica de la Leyenda, atestiguada por los manuscritos de Barcelona y de Sarnano, en lugar de «Cristo crucificado», menciona aquí «al Señor (o: Dios) estigmatizado», Dominum cum stigmatibus.
3) Como bien advierte J. de Schampheleer, esta devoción de Francisco a Cristo crucificado no es en modo alguno exclusiva ni supone «dolorismo» alguno ni masoquismo. Sin embargo, el amor loco que él concibe por «su Señor», lo llevará siempre a «la compasión de la Pasión de Cristo, el pobre y crucificado» (2 Cel 127 y 105), es decir, a «compartir con Él sus sufrimientos». Y la vida le procurará con frecuencia la ocasión de ello al «pobre Francisco»...
4) Adviértase, en esta oración, la conexión entre «las iglesias» y «la cruz». Ella atestigua que la fe de Francisco en las iglesias tiene realmente su origen en la capilla donde Cristo se le reveló. Y esta misma fe es la que él comunicará a sus primeros hermanos: «Cuando encontraban alguna iglesia o alguna cruz a la vera del camino», recitaban la oración de san Francisco, porque «creían y pensaban que allí habían dado con un lugar del Señor, y allí sentían su presencia» (AP 19). Estas últimas palabras traducen bien, a mi parecer, los sentimientos que experimentó Francisco por la capilla del Crucificado y que extendió luego a «todas las iglesias que hay en el mundo entero».
5) Francisco menciona igualmente que él y sus hermanos «muy gustosamente permanecían en las iglesias» e incluso «hacían de ellas su residencia» (manebamus: Test 18). Si estas menciones de la Eucaristía en el Testamento le parecen al lector bastante pobres, le remito a las amplias exhortaciones de Francisco a sus hermanos sobre la fe que deben tener en la Presencia real de Cristo en la Eucaristía (Adm 1) y sobre la devoción que deben manifestarle a este sacramento (CtaO 11-37).

Pierre B. Beguin, O.F.M., La conversión de Francisco a Cristo. Génesis de un encuentro, en Selecciones de Franciscanismo, vol. XIV, n. 42 (1985) 355-371